La Copa Libertadores nunca careció de fútbol. Es más, por la
elevada calidad del practicado por los clubes que la han disputado 59 veces
desde 1960 el torneo es uno de los más atractivos del mundo.
Pero como una maldición factores extra futbolísticos se han
encargado de provocar turbulencias a la final de 2018, que terminó jugándose 15
días después de lo previsto, a 10.039 kilómetros del estadio Monumental de
Buenos Aires, en el Santiago Bernabéu de Madrid.
Si el partido de ida de la final Boca-River se aplazó del 10
al 11 de noviembre de 2018 por las lluvias que azotaron Buenos Aires, y el de
vuelta, pactado para el día 24 en el estadio Monumental no se jugó por el
ataque de fanáticos al autobús de Boca, el desenlace de la Libertadores de 2019
corre el riesgo de salir de Santiago por la crisis social que impera en Chile

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